
Rey de reyes y Señor de señores
El reino de Dios no viene por el exterminio del enemigo, sino por la muerte del rey mismo; un rey que no logra la paz con la sangre del rebelde, sino al verter su propia sangre.
La monarquía es una institución muy cuestionada desde la edad moderna, y también en la historia reciente del mundo occidental.
Desde la revolución francesa, hasta la caída del colonialismo, se ha ido desechando o relegando cada vez a la condición de una nostálgica curiosidad del pasado cada vez más obsoleta y anacrónica.
En los países europeos modernos en que aún se conserva como una reliquia del pasado en lo que se conoce como “monarquías parlamentarias” en las que el rey es poco más que una figura decorativa que, como lo dice el refrán: “el rey reina, pero no gobierna”.
La institución real se encuentra cada vez más cuestionada por cuenta de la conducta de la realeza y los grandes privilegios y presupuestos oficiales destinados a ellos, que han pasado así a formar parte de una especie de farándula parasitaria que vive de los impuestos del pueblo y nada más.
Así, pues, el único rey de la historia humana que justifica con creces a estas alturas nuestra sujeción y reverencia absolutas a Él es Jesucristo.
Entre otras cosas, porque como nos lo recuerda incidentalmente Brian McLaren, en este pensamiento suyo: “La paz del reino de Dios no viene por… el exterminio inclemente de los enemigos del rey, sino por el sufrimiento y la muerte del rey mismo… el rey logra la paz sin derramar la sangre de los rebeldes, sino derramando su propia sangre”.
Pero debemos tener en cuenta que no siempre será ésta la pauta, a la que haríamos bien en ajustarnos mientras la misma se encuentra en pie.
La Biblia revela que al final de los tiempos: “Le harán la guerra al Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes, y los que están con él son sus llamados, sus escogidos y sus fieles.” (Apocalipsis 17:14)
Fuente: evangelicodigital